Que grande es la Fiesta, nuestra Fiesta, esa que algunos se quieren cargar con el único pretexto de que huele a España, y que grande es Morante. Después de la catarsis de toreo que se vivió en el cuarto festejo de la Semana Grande de Bilbao, llegó lo mejor, la resaca. La resaca de una borrachera de arte y emotividad.
En esta ocasión el regusto es y será maravilloso. No duele la cabeza y se tiene sed, sí, pero de más licor de torería en estado puro. Esa botella que descorchó Morante ante el cuarto de Cuvillo. Un vino que precisó de aire, reposo y paciencia para degustarlo. Ya durante la faena (en sus inicios sobre todo), algunos dijeron que era zumo de brick (toro «mal andao» como diría Antoñete y sin fijeza, pero con motor), pero no, era sublime caldo fermentado en roble de La Puebla para deleitar los paladares más exigentes. Él y sólo él, Morante, supo alcanzar la fórmula secreta de su elaboración. Tuvo todo: buen color, colorado como «Cacareo»; buena nariz, buena lidia; punto de acidez perfecto, esa tercera vara; buen gusto, ese inicio por bajo y sometiendo; y, sobre todo, buen retrogusto, faena para enmarcar y que quedará en las retinas de todos y en el acervo histórico de la tauromaquia. Pero como en toda borrachera, no faltó: «La última y nos vamos», esa tanda por el izquierdo cuando el animal ya se hallaba en el delirium tremens. Morante recetó tres naturales monumentales y me quedo corto. El sevillano fue el único que tuvo fe en ese pitón y le dio a su caldo esos matices que hacen diferente a este vino.
Borrachos todos, hoy tocaba la mencionada resaca. Y como en la vida, no todos toleran el buen vino del mismo modo. Unos hablan de que fue para tanto, otros que con toros así cualquiera, aquel que si sólo torea cuando quiere...palabras que se pierden en la inmensidad de elogios de los que se han levantado con resaca, pero toreando y soñando con ese «Cacareo» metiendo la cara en los avíos de José Antonio Morante Camacho y su bravura sometida a los designios de una psique compleja, pero a la vez maravillosa del Genio.
Así todo, sobran los comentarios. Esto de los toros, cuando hay buena materia prima, y ayer la hubo, vaya corridón que soltó Álvaro Núñez del Cuvillo al ruedo de Vista Alegre, se convierte en un festival para los sentidos, aunque a algunos les cueste discernirlo.
Viva Morante, los toros y el buen vino.
En esta ocasión el regusto es y será maravilloso. No duele la cabeza y se tiene sed, sí, pero de más licor de torería en estado puro. Esa botella que descorchó Morante ante el cuarto de Cuvillo. Un vino que precisó de aire, reposo y paciencia para degustarlo. Ya durante la faena (en sus inicios sobre todo), algunos dijeron que era zumo de brick (toro «mal andao» como diría Antoñete y sin fijeza, pero con motor), pero no, era sublime caldo fermentado en roble de La Puebla para deleitar los paladares más exigentes. Él y sólo él, Morante, supo alcanzar la fórmula secreta de su elaboración. Tuvo todo: buen color, colorado como «Cacareo»; buena nariz, buena lidia; punto de acidez perfecto, esa tercera vara; buen gusto, ese inicio por bajo y sometiendo; y, sobre todo, buen retrogusto, faena para enmarcar y que quedará en las retinas de todos y en el acervo histórico de la tauromaquia. Pero como en toda borrachera, no faltó: «La última y nos vamos», esa tanda por el izquierdo cuando el animal ya se hallaba en el delirium tremens. Morante recetó tres naturales monumentales y me quedo corto. El sevillano fue el único que tuvo fe en ese pitón y le dio a su caldo esos matices que hacen diferente a este vino.
Borrachos todos, hoy tocaba la mencionada resaca. Y como en la vida, no todos toleran el buen vino del mismo modo. Unos hablan de que fue para tanto, otros que con toros así cualquiera, aquel que si sólo torea cuando quiere...palabras que se pierden en la inmensidad de elogios de los que se han levantado con resaca, pero toreando y soñando con ese «Cacareo» metiendo la cara en los avíos de José Antonio Morante Camacho y su bravura sometida a los designios de una psique compleja, pero a la vez maravillosa del Genio.
Así todo, sobran los comentarios. Esto de los toros, cuando hay buena materia prima, y ayer la hubo, vaya corridón que soltó Álvaro Núñez del Cuvillo al ruedo de Vista Alegre, se convierte en un festival para los sentidos, aunque a algunos les cueste discernirlo.
Viva Morante, los toros y el buen vino.



