sábado, 20 de agosto de 2011

Al César el éxito; a José Tomás el toreo eterno


Foto: Ernesto Naranjo


Jiménez salió a hombros tras cortar sendas orejas, mientras que el de Galapagar sólo pudo pasear un trofeo.

La canícula manchega no se quiso perder el quinto paseíllo de José Tomás tras su reaparición. Los termómetros apuntaban la febril cifra de los 40 grados, pero eso no amedrentó a los aficionados venidos de aquí y de allí para ver al mito moderno del toreo. Todos, uno a uno, formaron el tupido tejido humano que abarrotaron los vetustos tendidos de la plaza de Ciudad Real. No cabía un alfiler y respirar era cuestión de supervivencia, porque faltaba el aire por momentos. Más de 8.500 almas que esperaban con impaciencia que saliera el toro y la emotividad en el ruedo dejase en segundo plano el sofocante calor.

Así todo, en cuanto la terna de presentó en el remozado albero, todo, el calor, los problemas de a la hora de acceder a los tendidos, el impuntual comienzo..., pasó a un segundo plano. José Tomás estaba allí –el «mesías» para muchos empresarios– con un terno que sembró la duda entre los que fuimos testigos del evento. ¿Nazareno? ¿Ciruela? ¿Tabaco? Daba igual. Lo importante era que la ciudad manchega contaba con el privilegio de convertirse en una de las escasas paradas del torero madrileño en su corta temporada. Pero en el cartel no era sólo él, Víctor Puerto, en un gesto torero, salió de la clínica horas antes de vestirse de luces y cumplir el compromiso ante sus paisanos, aunque se le vio sensiblemente mermado. César Jiménez, a la postre triunfador de la tarde, llegaba con la vitola de triunfador en Madrid.

Acabado el protocolo inicial y la acogedora ovación para los tres espadas, se abrió el portón de los sustos y es en ese momento cuando el que marca las normas es el toro. Jiménez triunfó, pero el toreo profundo y que emociona lo puso José Tomás. Por la derecha o por la izquierda, daba igual. Con el segundo de la tarde, saludó con primorosas verónicas ganando terreno al burel hasta sacarlo a los medios y metiéndose, como si no lo tuviese, al público en el bolsillo. Ya con la franela, nada de probaturas: brindis y a torear con la diestra. Sin forzar al de Torreherberos, en lineas rectas y dejando espacio y tiempo. El animal andaba justo de motor y había que cuidarlo. Faena para sentar cátedra. Tomás embarcó las embestidas muy delante para llevarlo templado hasta....no sé, ¿el infinito? Si de escándalo fueron las tres tandas con la diestra, con el toreo al natural puso la «caldera» al rojo vivo. Ofrecía el pecho a su oponente, se cimbreaba como un junco azotado por el viento. La pureza del toreo personificada. Todo con una suavidad parsimoniosa. Roto de cintura, compás abierto y muñeca de seda fueron la combinación perfecta. En el ocaso de la labor, doblones torerísimos y unos estatuarios de impoluta verticalidad. Con los dos trofeos asegurados, el acero se volvió romo al primer intento restando enteros a su actuación. A la segunda entró la espada, pero la gente, aunque parezca mentira, se enfrió y sólo cobró una oreja de mucho peso.

Si en el segundo vimos la versión eterna del toreo, en el quinto. José Tomás tragó mucho de un jabonero manso, pero con arreones de dudosas intenciones. Si no había toro, había un torero que no entiende de fronteras entre el terreno del animal y el terreno del hombre. No existió esta dualidad de espacio. El diestro intentó provocar la embestida metido entre los pitones, pero lo único que consiguió poner el corazón en un puño al respetable, que supo valorar el esfuerzo y valor que derrochó José Tomás, aún sabiendo que esta tarde tampoco saldría por la puerta grande.

Quien sí salió en volandas fue César Jiménez, que sorteó el lote con más movilidad de la tarde. Con dos faenas marca de la casa: descalzo, gustándose, compás abierto y buscando la profundidad, pero la falta de fuelle del astado no permitió bajar la mano en demasía. Actuaciones vistosas, aprovechando el ir y venir de reses que se dejaban hacer, pero que no colaboraban en exceso. Jiménez anduvo inteligente para dar fiesta a sus oponentes. Destacó también el de Fuenlabrada con el capote ante su primero, con verónicas de manos bajas, ahormando con suavidad la embestida de la fiera y un quite por chicuelinas, de nuevo con agarrando el percal por debajo de la cintura y rematando por tafalleras y larga de una gran plasticidad. La gran estocada que recetó al tercero, algo trasera, pero de efecto rápido provocó que los pañuelos aflorasen en los tendidos. Oreja, fuerte petición de la segunda y bronca monumental para el palco. Ante el sexto estuvo menos hábil con la espada, pero no le impidió pasear otro apéndice que le aseguraba sumar otro triunfo a su temporada.

Abría el cartel un Víctor Puerto con las heridas aún supurando después de fuerte cogida sufrida cinco días antes en el coso de La Malagueta. Gesto de gallardía y vergüenza torera. El manchego salió a dar la cara, pero la mala fortuna, en este caso se puede decir la mala pata derecha del primero de Torrehandilla, quiso que se fracturara en el primer muletazo y tuvo que ser apuntillado en el ruedo. Antes, pudo dejar detalles de su tauromaquia toreando relajado a la verónica y garbosas chicuelinas. Con el áspero toro que hizo cuarto de la tarde se agudizó su merma física. Visiblemente cojeando sólo pudo hacer faena al hilo de las tablas, puesto que el animal huyó al olivo en cuanto tuvo ocasión. Fue un animal que había que llevarlo muy tapado para que cogiese los avíos con codicia, pero Puerto andaba muy limitado para hacer frente a las complejidades de su oponente.

Así todo, a José Tomás se le volvió a resistir abrir la puerta grande en Ciudad Real. Desde su regreso a los ruedos en Valencia el pasado 23 de julio ha sumado tantas orejas como paseíllos, pero pese a la falta de triunfos rotundos, cada día deja más claro, con su toreo profundo y lleno de verdad, que ha vuelto para situarse en los terrenos reservados para figuras que marcan época. Al César (Jiménez), lo que es del César: el éxito; y a José Tomás el toreo eterno.

Ciudad Real. Se lidiaron toros de Torreherberos y uno de Torrehandilla (1º y 5º), correctos de presentación, aunque desiguales de hechuras. Manejables en general, aunque faltos de fuerzas. Víctor Puerto, de grana y oro, apuntillado tras romperse una pata (silencio); estocada caída (ovación). José Tomás, de nazareno y oro, pinchazo, estocada (oreja); pinchazo, pinchazo hondo (ovación). César Jiménez, de rosa y plata, estocada (oreja); pinchazo, bajonazo (oreja). Lleno de «no hay billetes».


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