
Si el cielo tiene una puerta, ésta se ubica en la calle Alcalá. Concretamente en la plaza de toros de Las Ventas. Este umbral lo cruzó por octava vez, y a la postre última, Antonio Chenel "Antoñete" a hombros de sus pupilos los toreros que se acercaron hasta el coso madrileño para agradecerle el legado de sabiduría que ha dejado a las generaciones venideras. Las palmas rompieron al unísono y los gritos de "torero, torero". Fue la banda sonora de la despedida.
No tuviste la deseada vuelta al ruedo, aunque sí una salida en volandas que tuvo un invitado inesperado, el sol, que se había escondido durante toda la jornada, pero quiso estar presente en el último instante de tu vida. Soplaba en viento de Toledo y las banderas, a media asta, miraban hacia el ruedo, "agua seguro", como muchas tardes decías. A las 16:35 se abrió el cielo para recibirte con honores de Jefe de Estado. Chenel, saliste a hombros de tu plaza, tu casa, tu vida. Ahora ocuparás un lugar privilegiado allí en el cielo. Una localidad sólo reservada para privilegiados, puesto que tú lo eras.
En el día de tu despedida te vestiste de corto, precioso terno de terciopelo en verde botella, pero no pudo faltar en una silla, como en tantas tardes, tu clásico lila y oro, el mismo que el día de "Cantinero", tu último triunfo en tu templo. Ese traje ya quedará para la posteridad: “Chenel y oro”. Muchos toreros serán los que elijan esas sedas para vestirse de luces, porque posee un valor añadido: el que lo llevase uno de los referentes de la tauromaquia en las últimas décadas del siglo XX. Un maestro que lucía un mechón de plata como una pincelada celestial que distingue a los privilegiados y tú lo eras. Te recuerdan como maestro, pero quizá se quede corto este apelativo. Eras algo más, un catedrático de este arte, el de torear y el de vivir. Figura, tanto dentro, como fuera del redondel.
Hasta última hora sentaste cátedra y te nos fuiste con 79 años de edad, pero muchos más de vida. Un modo diferente de interpretar y afrontar el paso entre los mortales. El tabaco, maldito fumeque que diría Juncal, se ha llevado a uno de los grandes. Hombre querido por todos. Sólo hizo falta observar la cantidad de gente, profesionales y aficionados, que reservaron unos minutos de este lunes para darle el último adiós.
Del mismo modo, Chenel, has dejado un hueco irreparable entre tus compañeros, los cuales lloraban rotos a las puertas de tu casa, tu templo y plaza, las de Las Ventas. Saliste a hombros y directo fuiste al paraíso. Ahora, allá en el ruedo celestial, en donde se encuentran los buenos y los privilegiados, el cielo seguro, abrirás tu capote para firmar otra faena como la de "Atrevido" y otras muchas más que dejaste en vida, pero en esta ocasión serán los ángeles quienes saquen el pañuelo de blanco inmaculado para pedirte los máximos trofeos. Desde allí seguirás inspirando a muchos que te conocieron y te conocerán. De nuevo, cada tarde de San Isidro te volverás a vivir el toreo con otros maestros que allí te esperan para formar parte de su senado de sabios del toreo. Descanse En Paz Maestro.
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